viernes, 17 de abril de 2009

TIEMPO PASCUAL



Los cincuenta días que van desde el domingo de resurrección hasta el domingo de pentecostés


El Domingo de Resurrección o de Pascua es la fiesta más importante para todos los católicos, ya que con la Resurrección de Jesús es cuando adquiere sentido toda nuestra religión.

Cristo triunfó sobre la muerte y con esto nos abrió las puertas del Cielo. En la Misa dominical recordamos de una manera especial esta gran alegría. Se enciende el Cirio Pascual que representa la luz de Cristo resucitado y que permanecerá prendido hasta el día de la Ascensión, cuando Jesús sube al Cielo.

La Resurrección de Jesús es un hecho histórico, cuyas pruebas entre otras, son el sepulcro vacío y las numerosas apariciones de Jesucristo a sus apóstoles.

Cuando celebramos la Resurrección de Cristo, estamos celebrando también nuestra propia liberación. Celebramos la derrota del pecado y de la muerte.

En la resurrección encontramos la clave de la esperanza cristiana: si Jesús está vivo y está junto a nosotros, ¿qué podemos temer?, ¿qué nos puede preocupar?

Cualquier sufrimiento adquiere sentido con la Resurrección, pues podemos estar seguros de que, después de una corta vida en la tierra, si hemos sido fieles, llegaremos a una vida nueva y eterna, en la que gozaremos de Dios para siempre.

San Pablo nos dice: “Si Cristo no hubiera resucitado, vana seria nuestra fe” (I Corintios 15,14)

Si Jesús no hubiera resucitado, sus palabras hubieran quedado en el aire, sus promesas hubieran quedado sin cumplirse y dudaríamos que fuera realmente Dios.

Pero, como Jesús sí resucitó, entonces sabemos que venció a la muerte y al pecado; sabemos que Jesús es Dios, sabemos que nosotros resucitaremos también, sabemos que ganó para nosotros la vida eterna y de esta manera, toda nuestra vida adquiere sentido.

La Resurrección es fuente de profunda alegría. A partir de ella, los cristianos no podemos vivir más con caras tristes. Debemos tener cara de resucitados, demostrar al mundo nuestra alegría porque Jesús ha vencido a la muerte.
La Resurrección es una luz para los hombres y cada cristiano debe irradiar esa misma luz a todos los hombres haciéndolos partícipes de la alegría de la Resurrección por medio de sus palabras, su testimonio y su trabajo apostólico.

Debemos estar verdaderamente alegres por la Resurrección de Jesucristo, nuestro Señor. En este tiempo de Pascua que comienza, debemos aprovechar todas las gracias que Dios nos da para crecer en nuestra fe y ser mejores cristianos. Vivamos con profundidad este tiempo.

Con el Domingo de Resurrección comienza un Tiempo pascual, en el que recordamos el tiempo que Jesús permaneció con los apóstoles antes de subir a los cielos, durante la fiesta de la Ascensión.

sábado, 11 de abril de 2009

SABADO SANTO




"Durante el Sábado santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y su muerte, su descenso a los infiernos y esperando en oración y ayuno su resurrección (Circ 73).
Es el día del silencio: la comunidad cristiana vela junto al sepulcro. Callan las campanas y los instrumentos. Se ensaya el aleluya, pero en voz baja. Es día para profundizar. Para contemplar. El altar está despojado. El sagrario, abierto y vacío.
La Cruz sigue entronizada desde ayer. Central, iluminada, con un paño rojo, con un laurel de victoria. Dios ha muerto. Ha querido vencer con su propio dolor el mal de la humanidad.
Es el día de la ausencia. El Esposo nos ha sido arrebatado. Día de dolor, de reposo, de esperanza, de soledad. El mismo Cristo está callado. Él, que es el Verbo, la Palabra, está callado.
Pero este silencio se puede llamar plenitud de la palabra. El anonadamiento, es elocuente. "Fulget crucis mysterium": "resplandece el misterio de la Cruz."
El Sábado es el día en que experimentamos el vacío. Si la fe, ungida de esperanza, no viera el horizonte último de esta realidad, caeríamos en el desaliento: "nosotros esperábamos... ", decían los discípulos de Emaus.
Eso sí, no es un día vacío en el que "no pasa nada". Ni un duplicado del Viernes. La gran lección es ésta: Cristo está en el sepulcro, ha bajado al lugar de los muertos, a lo más profundo a donde puede bajar una persona. Y junto a Él, como su Madre María, está la Iglesia, la esposa. Callada, como él.
El sábado está en el corazón mismo del Triduo Pascual. Entre la muerte del Viernes y la resurrección del Domingo nos detenemos en el sepulcro. Un día puente, pero con personalidad. Son tres aspectos - no tanto momentos cronológicos - de un mismo y único misterio, el misterio de la Pascua de Jesús: muerto, sepultado, resucitado:
"...se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo...se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, es decir conociese el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba manifiesta el gran reposo sabático de Dios después de realizar la salvación de los hombres, que establece en la paz al universo entero".

viernes, 10 de abril de 2009

VIERNES SANTO



Día en que crucificaron a Cristo en el Calvario.

En este día recordamos cuando Jesús muere en la cruz para salvarnos del pecado y darnos la vida eterna. El sacerdote lee la pasión de Cristo en la liturgia de la Adoración a la cruz. Ese día no se celebra la Santa Misa.

En las iglesias, las imágenes se cubren con una tela morada al igual que el crucifijo y el sagrario está abierto en señal de que Jesús no está. El color morado en la liturgia de la Iglesia significa luto.

¿Cómo podemos vivir este día?

Este día manda la Iglesia guardar el ayuno y la abstinencia.
Se acostumbra rezar el Vía Crucis y meditar en las Siete Palabras de Jesús en la cruz.
Se participa en la Liturgia de Adoración a la Cruz con mucho amor, respeto y devoción.
Se trata de acompañar a Jesús en su sufrimiento.
A las tres de la tarde, recordamos la crucifixión de Jesús rezando el Credo.

martes, 31 de marzo de 2009

En sus 25 años. Muchísimas felicidades




Dedicación y amor refleja Con su vida nuestro Padre Jerónimo en nuestra comunidad, ofreciendo 25 años de servicio y amor a Jesucristo. Agradecidos de Dios por tenerlo como pastor y amigo.
Que el Señor lo siga bendiciendo e iluminando su camino.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Bienvenido marzo. Un nuevo año al servicio del Señor


Ya comenzamos este nuevo año de trabajo con las pilas puestas, después de unas merecidas vacaciones. Marzo es un mes lleno de significancia, después del ajetreo del verano, nos espera un mes de meditación, de penitencia, de ayuno, de austeridad, de sacrificio, de solidaridad, de recogimiento y conversión personal.
Mes de renovación a la adhesión a Cristo, que nos prepara para la Resurrección de nuestro Salvador. Acojamos entonces llenos de convicción y esperanza a la unión con Cristo Jesús este nuevo año de trabajo.

viernes, 27 de febrero de 2009

TIEMPO DE CUARESMA




La Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión, que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua. Es tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y de cambiar algo de nosotros para ser mejores y poder vivir más cerca de Cristo.

La Cuaresma dura 40 días; comienza el Miércoles de Ceniza y termina antes de la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo. A lo largo de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos vivir como hijos de Dios.

El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa luto y penitencia. Es un tiempo de reflexión, de penitencia, de conversión espiritual; tiempo de preparación al misterio pascual.

En la Cuaresma, Cristo nos invita a cambiar de vida. La Iglesia nos invita a vivir la Cuaresma como un camino hacia Jesucristo, escuchando la Palabra de Dios, orando, compartiendo con el prójimo y haciendo obras buenas. Nos invita a vivir una serie de actitudes cristianas que nos ayudan a parecernos más a Jesucristo, ya que por acción de nuestro pecado, nos alejamos más de Dios.

Por ello, la Cuaresma es el tiempo del perdón y de la reconciliación fraterna. Cada día, durante toda la vida, hemos de arrojar de nuestros corazones el odio, el rencor, la envidia, los celos que se oponen a nuestro amor a Dios y a los hermanos. En Cuaresma, aprendemos a conocer y apreciar la Cruz de Jesús. Con esto aprendemos también a tomar nuestra cruz con alegría para alcanzar la gloria de la resurrección.

lunes, 26 de enero de 2009

El buen samaritano



REFLEXIÓN SOBRE LA PARÁBOLA DEL BUEN SAMARITANO

En aquel tiempo, se presentó un doctor de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Jesús le respondió: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella? Él contestó: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser y a tu prójimo como a ti mismo. Jesús le dijo: Bien has dicho. Hazlo tú y tendrás la vida». Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse le preguntó: Y quién es mi prójimo?

Jesús dijo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos … ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los bandidos? Él contestó: El que tuvo misericordia de él.

Díjole Jesús: Anda y haz tú lo mismo.


El Evangelio de San Lucas relata la parábola del Buen Samaritano. Es la parábola de la puesta en acción del Mandamiento Nuevo: amar como Jesús. Y Jesús, como afirmaban algunos de los Santos Padres, es el Buen Samaritano, que se acerca y siente compasión de la viuda de Naím, de la oveja perdida, de la muchedumbre hambrienta, es aquél que ante el leproso no se conforma con curarlo de palabra, sino que extiende su mano, para tocarlo y ofrecerle así la ternura de una mano amiga, sin importarle las normas de pureza, como importaron al sacerdote y al levita, que dieron un rodeo, para no complicarse la vida.

Al anónimo caminante de Samaría, se le “conmovieron las entrañas” ante el caído, una expresión que se utiliza repetidamente en los evangelios, para referirse a la reacción de Jesús ante el dolor ajeno. La palabra "moverse a compasión", en griego designa únicamente la misericordia de Dios o la de Cristo (Mt 9.36; 14.14; Lc 7.13; 15.20), un sentimiento divino que inspira al samaritano, imagen de Dios, la revelación del amor de Dios por el hombre. El esquema entra en el de la parábola del buen pastor y la del hijo del dueño de la viña (Jn 10,1-17; Lc 20.9-18). Del mismo modo, el buen samaritano llega después de los sacerdotes y los levitas que no han querido ni podido salvar al hombre herido. El samaritano revela el amor de Dios a la Humanidad; este pasaje señala su sentido: los apóstoles son bienaventurados, porque están asistiendo, por fin, a la manifestación del amor de Dios y van a revelarlo con eficacia. Refleja la historia de la salvación, Cristo viene, bajo la apariencia de un samaritano, de un despreciado (Jn 8,48), como el hijo del dueño de la viña, para revelar el amor de Dios, allí donde las técnicas de salvación paganas y judías fracasaron. San Lucas precede esta parábola con la discusión sobre el mandamiento más importante, para mostrar que el deber de la caridad implica nuevas exigencias tras la palabra de Cristo. Amar al prójimo como a uno mismo no basta, hay que preguntarse, cómo se puede ser el prójimo de los demás y amarlos hasta el summum, como Dios los ama.

Este es el Mandato Nuevo de Jesucristo que “os améis los unos a los otros, como yo os he amado” (Jn 13, 34). Es urgente, pues, concienciarse de la postración de esta Humanidad herida, abandonada, medio muerta al borde del camino, que Cristo ha venido a salvar. En este caso, la caridad no es una simple obligación moral, sino muestra del amor de Dios, signo de la misericordia divina.

¿Quién es mi prójimo? Lo importante no está en saber sino en hacer. Los conocedores de la ley pasan de largo ante la realidad del prójimo; el ignorante, samaritano, se detiene y hace realidad el precepto del amor. Prójimo no es el que yo busco, es el que viene de improviso, el que aparece sufriente, el que está ahí, cercano y caído, oprimido y sin vida. Andamos los caminos del mundo animados de muy buenas teorías de paz, amor, justicia; pero el hombre sigue tirado al borde del camino, desprovisto y casi exhausto. El prójimo es pequeño, cercano, próximo. Las teorías no liberan al hombre, sino las obras. Los teóricos pasan de largo ante lo concreto, que es lo único real, se sumergen en su idealismo y dejan, olvidan la realidad. Lo que salva es vivir y hacer vivir y obrar como prójimo, no las teorías filosóficas de projimidad. El caído al borde es un hombre, sin nombre, sin postura religiosa o política; y, sólo, esto basta. Lo perentorio es que está necesitado. "Ve y haz tú lo mismo". Es hacer, ejercer y practicar el amor.